La última nota

Publicado el 15 de enero de 2026, 13:35

 

Cada tarde, Félix se sentaba en la misma banca del parque, con su violín desgastado. No tocaba por dinero, ni por llamar la atención, sino porque era el último recuerdo que tenía de su hija, Zóe.

Zóe tenía siete años. Era una niña tan alegre que deslumbraba allá adónde iba. Pero un día todo cambió: una fiebre que no bajaba, máquinas que pitaban y de la boca de los médicos, palabras demasiado fuertes para una niña… Al ocurrir todo esto, Félix entristeció enormemente; seguía tocando el violín, pero no eran melodías alegres.

–No toques tan triste papá, el violín también se cansa de llorar… -decía Zóe.

Aunque la niña estaba débil, sonreía y a veces intentaba tatarear las canciones. Y eso era suficiente para que su padre pudiera sostener el mundo con su música.

Pero un día, Zóe no despertó: su cuerpo se había rendido y la habitación estaba silenciosa, por primera vez.

 

Murió una mañana triste, sin música.

 

 

 

(Judit, escrito a los 12 años)

Crea tu propia página web con Webador