Adéntrate en el laberinto...

Adéntrate en "El Laberinto de Palabras", un espacio dedicado a la escritura. Explora historias fascinantes, reflexiones, poesías y mundos imaginarios creados por mí, para inspirarte y entretenerte. Descubre el poder de las palabras y piérdete en mis escritos.

Continuación de una historia

Julia caminaba a su lado con paso tranquilo, como si estuviera acostumbrada a
recorrer ese sendero todos los días. Los tres amigos, la seguían de cerca. Y aunque no
se daban cuenta de que ella estaba dirigiendo el camino, la niña hablaba como si les
conociese de toda la vida.– Por aquí es más fácil – dijo Julia, señalando un pequeño atajo entre los árboles.

– Yo siempre vengo por esta parte, cuando quiero pensar. – ¿Y siempre vienes sola? –
preguntó Alberto. Julia negó con la cabeza: – no siempre. – A veces, mi madre me
acompaña. Pero hoy, quería venir sola. Aquí, me gusta escuchar a los pájaros y ver
cómo cambia la luz sobre las casas. Laura sonrió. – Suena muy tranquilo- dijo Manuel

– y muy diferente a nuestro pueblo. – Sí, dijo Julia. Aquí, todo parece más grande y más
tranquilo. Hasta las calles del pueblo, parecen esperar a que pasees por ellas. Alberto
la miró con atención: había algo en la forma en que hablaba, como si cada detalle que
contara tuviera un significado más profundo, aunque ellos todavía no lo entendieran.

– Y, qué haces cuando no vienes a pensar? – preguntó Laura. – Juego mucho -
contestó Julia, entusiasmada: – Trepo por los árboles, invento historias y a veces dibujo
cosas que nadie más entendería. - Laura se inclinó hacia ella: – ¿historias sobre qué? –
De todo, respondió Laura, con una sonrisa. De aventuras, de misterio… cosas que
podrían pasar o que ya pasaron – respondió Julia. Mientras avanzaban por el bosque,
Julia les siguió contando las pequeñas anécdotas de su infancia: cómo había
construido fuertes con ramas y hojas, cómo se escondía detrás de los arbustos para
asustar a los animales del jardín, y cómo inventaba canciones que solo ella podía
cantar sin reírse. – Una vez, intenté enseñar bailar a mi gato – dijo entre risas. No me
salió muy bien, pero me divertí un montón. Los amigos sonrieron, no podían dejar de
notar lo viva y curiosa que era y cómo su imaginación podía extenderse más allá de los
límites del bosque. – Es increíble- dijo Manuel. Todo esto parece tan… tan grande para
alguien tan pequeña. – Sí, respondió Alberto. Es como si el mundo estuviera esperando
a que alguien lo descubriera. Julia giró sobre ellos, con los ojos brillantes. –Eso es lo que
me gusta hacer. Descubrir cosas que nadie más ve. Inventar historias que luego
alguien quizá recuerde… Mientras hablaban, la casa de Julia apareció entre los árboles,
acogedora y llena de vida, en medio del bosque. El aroma a madera y flores silvestres
se mezclaba con el aire fresco. Y los amigos sintieron una mezcla de nostalgia y
curiosidad. - Ahí está- dijo Julia, señalando la puerta-: ésa es mi casa. Entraron y
fueron recibidos por los pequeños detalles de la vida pasada: juguetes, dibujos y
objetos que parecían contar historias propias. Cada rincón, parecía guardar un secreto
y los amigos comprendieron que su viaje no solo era un paseo por el tiempo, sino una
invitación a descubrir algo muy personal y profundo.- Venid- dijo la niña, con una sonrisa

- os lo voy a enseñar todo.
Los tres niños la siguieron. Primero, entraron en una habitación con pocos juguetes.
Había un par de muñecos, un tanto desgastados y una caja de madera con piezas
incompletas. No había muchos, pero estaban ordenados con cuidado, como si cada
uno fuera especial y extraordinario. - Aquí juego - explicó Julia. Laura miró alrededor
con suavidad. - Son bonitos - dijo. Aunque notó que algunos estaban remendados.
Manuel observó una muñeca con el brazo cosido. - ¿La has arreglado tú? Julia asintió.

- Mi madre dice que hay que cuidar lo que tenemos. Siguieron caminando. El suelo
crujía un poco, bajo sus pasos. Llegaron a una mesa llena de dibujos. Había muchos y
algunos estaban reutilizados por detrás, pero los colores llenaban cada espacio, como
si quisieran compensar la falta de material adecuado. - Te gusta dibujar - dijo Laura
sonriendo. - Sí- respondió Julia. Así, puedo crear más cosas que las que tengo. Alberto
se quedó mirando un dibujo en particular: una casa, tres figuras... y una niña.
Enseguida frunció el ceño, pero no dijo nada. Continuaron por el pasillo, estrecho y de
paredes desgastadas. Julia iba acariciando las cosas al pasar, como si cada rincón u
objeto fuera importante: una silla algo coja, un marco sin cristal, una puerta que
chirriaba al abrirse... - Esta es la habitación de mis padres - dijo, señalando una
puerta. - Y ahí, está la cocina. Los tres niños se asomaron. Era pequeña, con pocos
utensilios y una mesa sencilla. Todo estaba limpio, pero nada sobraba. - Es... “acogedora”

- dijo Manuel, buscando la palabra adecuada. Julia sonrió. - Es “suficiente”. Laura la miró con cierta ternura...:

- Sí, eso parece

 

Los niños que aprendieron a nombrar la luz

En el borde de la aldea, donde la tierra se abre en grietas como labios sedientos, vivían dos hermanos que aún no sabían que eran pobres. Se llamaban Kofi y Daga. No lo sabían porque la pobreza no se parece a lo que dicen los libros: no es una palabra, ni una cifra, ni una foto. Es una costumbre silenciosa. Es aprender a contar los días por el sol y no por los relojes. Es saber distinguir el sonido del hambre del sonido del viento. Es crecer sin preguntarse por qué falta algo, porque nunca ha estado. Kofi era el mayor, tenía diez años y unos ojos demasiado serios para su edad. Daga tenía siete y la risa frágil, como si el mundo aún le pareciera una broma amable. Dormían sobre esteras de palma, bajo un techo que se quejaba cuando llovía, y cada mañana se despertaban con el mismo ritual: mirar al cielo y decidir si ese día sería generoso. Su madre decía que el cielo escuchaba a los niños. Por eso Daga le hablaba. – Hoy no seas tímido – le pedía.  Hoy, danos pan. Kofi no se reía de eso. Nunca. Él sabía que algunas plegarias no se dicen con palabras, sino con la obstinación de seguir vivo. El pueblo estaba lejos de todo, hasta de las promesas. No había escuela, solo una pizarra rota que alguien había traído años atrás y que ahora servía para tapar un agujero del corral. Kofi soñaba con aprender a leer, porque había visto, una vez, a un hombre escribir un nombre en un papel y hacer que ese nombre viajara lejos, como si tuviera alas. – Si aprendo a leer – le dijo una noche a Daga , podré leer el mundo. – ¿Y yo? – Tú lo cantarás -. Daga cantaba siempre, mientras andaba kilómetros para buscar agua, mientras su madre molía grano, mientras el sol caía como una piedra ardiente sobre la piel. Cantaba canciones que no había aprendido de nadie. Melodías viejas como la tierra. La gente decía que su voz les hacía olvidar el cansancio. A Kofi le hacía olvidar el miedo. El miedo era una sombra discreta: estaba en los estómagos vacíos, en las noches sin fuego, en la enfermedad que se llevaba a los vecinos sin hacer ruido. Kofi tenía miedo de no poder protegerla, Daga tenía miedo de que su hermano dejara de sonreír. Un día, la sequía llegó como llegan las malas noticias: sin avisar. El pozo se hizo barro, las flores se rindieron y el cielo, tan hablador a veces, guardó silencio. Fue entonces cuando Kofi tomó una decisión que no correspondía a un niño. Caminó durante días hasta la carretera, llevando de la mano a Daga. Sus pies sangraban, pero no se detuvo. Sabía que más allá había camiones, gente, ruido, posibilidades. Sabía que quedarse era esperar. En la carretera, Daga cantó. Cantó sin vergüenza, sin miedo, con una voz tan clara que hizo girar cabezas. Los camiones disminuyeron la velocidad, una mujer bajó la ventanilla, un hombre dejó una moneda, otro dejó agua. No era caridad lo que ocurría: era reconocimiento. Como si la canción recordara algo olvidado en quienes la escuchaban. – Tu voz abre puertas – dijo Kofi. Entonces tú dime adónde – respondió ella.  Con el tiempo, alguien los llevó hacia la ciudad. Luego, alguien más. Daga cantó en las plazas, en patios, en escuelas improvisadas. Kofi aprendió a leer en papeles usados, con letras torcidas, con una paciencia feroz. Aprendió a escribir su nombre, primero. Luego, historias. Más tarde, sueños. Nunca olvidaron la aldea. Nunca dejaron de ser hermanos, antes que cualquier otra cosa. Años después, cuando Daga cantó en un escenario grande con luces que parecían estrellas domésticas, Kofi estaba entre el público; llevaba un cuaderno bajo el brazo. En él, había una historia escrita con letra firme. Hablaba de dos niños africanos que nacieron pobres, pero ricos en algo indestructible: esperanza.

Y, entonces, el mundo entendió lo que ellos siempre supieron: la pobreza puede quitar casi todo, pero no puede quitar la luz que se aprende a nombrar.

 

 

 

Judit  (escrito a los 12 años).

Antes de tiempo

Nació antes de aprender a esperar. Eso fue lo primero que dijeron. Como si el mundo tuviera un calendario exacto y él lo hubiera roto sin querer. Era pequeño, demasiado silencioso, envuelto en cables que parecían más grandes que su cuerpo, nadie se atrevía a hablarle del futuro. En las incubadoras el mañana se pronuncia bajito. Su madre aprendió a quererlo con las manos quietas, a mirarlo sin tocarlo, a contar respiraciones en vez de sueños. Cada subida y bajada de su pecho era una promesa mínima, suficiente para pasar la noche. A los bebés prematuros no se les pide nada, solo que se queden. Y él se quedó, se quedó cuando el mundo era luz blanca y pitidos. Se quedó cuando su cuerpo aún no sabía defenderse, se quedó cuando irse habría sido más fácil que crecer. Creció despacio, como crecen las cosas importantes. Aprendió a respirar con una conciencia antigua, como si el aire fuera un privilegio. Sus manos siempre parecían recordar algo que los demás habían olvidado: la fragilidad. En casa el aire lo envolvía en una calma nueva, como si las paredes se hubieran acostumbrado a respirar a su ritmo. Dormía en una cuna que crujía apenas, rodeado de mantas y voces que empezaban a reconocerlo como propio; todo era más lento, más humano. Había llegado antes de tiempo. Sí. Pero ahora el tiempo parecía esperarlo. La luz de la mañana se apoyaba en su cara con cuidado y las noches traían un silencio amable, de esos que no asustan. No lloraba fuerte porque su forma de estar en el nido era discreta, como un secreto bien guardado.

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La mujer que no pidió permiso

Desde pequeña le dijeron que hablara bajito, que ocupara poco espacio, que su risa no fuera demasiado larga… que ciertas puertas estaban cerradas porque no eran para mujeres.

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Sobre mí

Me llamo Judit. "El Laberinto de Palabras" es un proyecto personal, nacido de mi pasión por escribir.

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