Desde pequeña le dijeron que hablara bajito, que ocupara poco espacio, que su risa no fuera demasiado larga… que ciertas puertas estaban cerradas porque no eran para mujeres.
Ella obedeció. Un tiempo. Hasta que un día, mientras dibujaba en la pared de su cuarto palabras que nadie quería leer, algo dentro de ella explotó.
No gritó. No hizo ruido. Solo empezó a tomar lo que decían que no podía: el derecho a estudiar, a viajar sola, a opinar en voz alta. Cada paso suyo también era un acto de libertad. Caminaba por las calles con la espalda recta y los ojos abiertos, reclamando el derecho de ocupar el mundo sin pedir permiso. Cada gesto, cada decisión era un mensaje silencioso: nadie podía dictarle como vivir. No esperaba aprobación, si algo la llamaba, lo hacía. Aprendía lo que quería, hablaba con quién quería, reía sin disculpas. Cada acción era un desafío invisible a las reglas que otros habían dado por hechas, una afirmación de que la vida le pertenecía por completo. Su ejemplo comenzó a extenderse, mujeres que habían aprendido a achicarse empezaron a caminar con paso firme, mujeres que antes dudaban en hablar empezaron a pronunciar sus propias palabras. Y cada una que se atrevía a vivir un poco más auténticamente, lo hacía gracias a la constancia silenciosa de ella: la libertad, enseña, no se concede, se toma.
No eran grandes gestos los que la definían, sino los pequeños: sentarse en un banco del parque y observar el mundo, leer sin prisa en una cafetería, elegir su ropa, decidir su rumbo. Cada elección era un acto de resistencia, un recordatorio de que existir plenamente es un derecho que nadie puede arrebatar. Paso a paso, acción a acción, transformaba lo cotidiano en un territorio propio y sin pronunciar ni una palabra de disculpa, enseñaba que la verdadera libertad se construye en cada instante, en cada decisión, en cada respiración que se toma con valor y sin miedo.
Judit (escrito a los 12 años)
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