Antes de tiempo

Publicado el 25 de enero de 2026, 18:30

Nació antes de aprender a esperar. Eso fue lo primero que dijeron. Como si el mundo tuviera un calendario exacto y él lo hubiera roto sin querer. Era pequeño, demasiado silencioso, envuelto en cables que parecían más grandes que su cuerpo, nadie se atrevía a hablarle del futuro. En las incubadoras el mañana se pronuncia bajito. Su madre aprendió a quererlo con las manos quietas, a mirarlo sin tocarlo, a contar respiraciones en vez de sueños. Cada subida y bajada de su pecho era una promesa mínima, suficiente para pasar la noche. A los bebés prematuros no se les pide nada, solo que se queden. Y él se quedó, se quedó cuando el mundo era luz blanca y pitidos. Se quedó cuando su cuerpo aún no sabía defenderse, se quedó cuando irse habría sido más fácil que crecer. Creció despacio, como crecen las cosas importantes. Aprendió a respirar con una conciencia antigua, como si el aire fuera un privilegio. Sus manos siempre parecían recordar algo que los demás habían olvidado: la fragilidad. En casa el aire lo envolvía en una calma nueva, como si las paredes se hubieran acostumbrado a respirar a su ritmo. Dormía en una cuna que crujía apenas, rodeado de mantas y voces que empezaban a reconocerlo como propio; todo era más lento, más humano. Había llegado antes de tiempo. Sí. Pero ahora el tiempo parecía esperarlo. La luz de la mañana se apoyaba en su cara con cuidado y las noches traían un silencio amable, de esos que no asustan. No lloraba fuerte porque su forma de estar en el nido era discreta, como un secreto bien guardado.

 

 

Judit (escrito a los 12 años).