El lugar adonde van las cosas que se rompen

Publicado el 19 de enero de 2026, 14:50

 

Antes de que el mundo aprendiera a hacer ruido, existía un sitio escondido y pequeño, donde las cosas rotas iban a descansar.

No a desaparecer, sino a aprender otra forma de existir. Allí, vivía una niña sin nombre, porque nadie que ama de verdad necesita uno. Ella despertaba cada mañana con el corazón tibio como si lo hubieran dejado a la luz del sol. No recordaba sueños, pero permanecía llena de ellos. Caminaba descalza por el suelo de astillas suaves, donde los bordes no cortaban y las grietas eran apenas líneas de agua tendida. Sus manos sabían tocar sin cerrar el puño, y por eso los objetos se le entregaban: una taza con la boca mellada, un reloj sin cuerda, una carta que nunca llegó a ser leída… No los reparaba. Los escuchaba. Cada objeto roto tenía una voz distinta, no de palabras, sino de peso. La niña aprendió a reconocerlas por cómo caían en el silencio, las más antiguas sonaban como la lluvia sobre el metal, las recientes, como un suspiro que no sabe bien si quedarse. Ella los acomodaba en estantes invisibles, donde el polvo no se atrevía a posarse y les contaba historias para que no olvidasen lo que habían sido, sin obligarlas a volver. El lugar no tenía puertas, pero se entraba perdiendo algo…A veces, era una promesa; a veces era una risa, a veces era el nombre propio. Quienes llegaban no siempre veían a la niña. Algunos solo sentían un alivio en el pecho, como el que encuentra una silla en mitad de un viaje largo. Otros dejaban caer aquello que ya no podían cargar y se iban más felices, sin saber por qué.

Con el tiempo, el mundo aprendió a hacer ruido. El ruido buscó grietas y las agrandó, algunas cosas empezaron a romperse de un modo nuevo, y llegaron al lugar temblando. La niña las recibió una por una. Se sentó a su lado y esperó. Porque lo que no se rompe también necesita un descanso, y porque a veces sanar no es volver a ser entero, sino quedarte así sostenido.

 

 

 

 

(Judit, escrito a los 12 años).